Cobos dijo “no” y el escenario de repente cambió. Lo que hace 3 días era una victoria oficialista segura en el Senado se transformó en derrota con una puesta que causaría envidia en el contexto hollywoodense. Hubo suspenso, falsos resultados, momentos en que ganaban los malos y todo parecía perdido, recuperación de la esperanza, expectativa creciente, el héroe que al final entra a escena, da un discurso durante 20 minutos sin dar a entender para dónde se inclinará, pide cuarto intermedio que le es negado, el rating sube a su pico y, luego, final feliz. La virgen en manos de LLambías sube a escena y en Palermo hacen abrazos de gol al ritmo del himno interpretado por el arquetipo del gaucho cantor. Los rezos de los militantes en la puerta del congreso no fueron oídos: la virgen y el himno viven en Palermo y ellos nunca se enteraron.
En ese instante, Carrió se recibe de Cassandra, se queja de que nadie le creyó y le otorga a la decisión de Cobos el status de prueba ontológica: “Ahora créanme. Dios existe. Hemos tenido una revolución en paz. Dios obró en la historia y también en Julio Cobos”. Gerardo Morales y Sanz, pasan a considerar que Cobos no era tan traidor como ellos habían afirmado al echarlo del partido. El nuevo frente peronista que aglutina a varios pretendientes de resucitación se anota un poroto. El Senado, o, más bien, el aguantadero generoso, el órgano ansiado de emisor de fueros que soporta a Menem, a Romero, a Saadi y a Rodríguez Saá, cambia la actualidad política y el gobierno mutis por el foro. Entre tanta hojarasca permitámonos algún análisis metacoyuntural.
Tomemos en cuenta el problema de la representación: fue muy interesante en ese sentido el discurso de Piccheto. Él habló de la democracia de partidos y de la defensa vertical de la plataforma; del otro lado se afirmaba la necesidad de la libertad de conciencia. En el medio todos dicen representar al pueblo. Al fin de cuentas, no es más que el problema de las democracias representativas: ¿cómo es posible garantizar que nuestros representantes representen de manera transparente los intereses de sus representados? Lo que en principio parece resolverse en sistemas de democracia directa donde son los propios interesados los que defienden sus intereses, en los sistemas representativos es un problema. En las democracias representativas de partidos, en principio, los representantes deberían encolumnarse detrás de la plataforma. Al fin de cuentas, teóricamente, la gente no ha elegido nombres y menos en los casos de listas sábanas: elige plataformas. Asimismo, esta defensa tan vertical parece simplificar los asuntos de la política pues las plataformas no dejan de tener un espacio de ambigüedad e incluso, sobre algunos temas, no se expiden. ¿Qué votamos entonces? ¿Un conjunto de ideas plasmadas de manera más o menos precisa en una plataforma o más bien, como muchos pensadores clásicos suponían, votamos la capacidad de los representantes? La respuesta es difícil pero cuando se apela a la idea de libertad de conciencia extremamos el costado aristocrático de todo sistema representativo: suponemos que hay un conjunto de hombres que son más capaces que el resto del pueblo y además creemos, paternalistamente hablando, que ellos sabrán mejor que el propio pueblo lo que el pueblo quiere. Por eso podemos darnos el lujo de descansar en su libertad de conciencia. La conciencia del representante capaz, no se transforma necesariamente en lo que el pueblo quiere. Más bien será lo que es mejor para el pueblo, aun si no es esto lo que el pueblo quiere.
Vayamos a la cuestión de la particular manera de entender la democracia. Esta es otra discusión interesante que tampoco resolveré aquí. Pero digamos que interesada y peligrosamente se ha puesto un especial hincapié en el contenido de la decisión democrática y no en el proceso democrático. En otras palabras, se instaló la idea de que habría democracia si y sólo si, la decisión del poder legislativo era a favor de la derogación de la 125. El proceso, esto es, lo esencialmente democrático no importaba. La democracia argentina se transformó de repente en una democracia de resultados. A esto abonó una irresponsable oposición que en ningún momento exigió a los representantes de la mesa de enlace que se acepte el resultado sea cual fuere. Fue patético observar cómo varios representantes de lo oposición, suponiendo que iban a perder, llamaban al campo a seguir la vía judicial. La gran paradoja es que estos representantes que rezongan ante la ubicuidad del poder ejecutivo, desprestigian su propia labor legislativa afirmando que la decisión de este poder es legítima sólo si se da en un sentido.
Pero dejemos las abstracciones y volvamos a la coyuntura. Mi sensación es que la forma en que el gobierno perdió fue la mejor posible. De más está decir que el gobierno no buscó perder pero entre todas las posibilidades de derrota, ésta es aquella de la que se puede sacar provecho. Incluso hasta podría decirse que tal vez, la debilidad que manifiesta la derrota es preferible al desgaste que hubiera generado el triunfo. ¿Usted se imagina que estaría pasando si Cobos hubiera votado a favor del Gobierno? El gran problema es el propio Gobierno. ¿Tendrá la capacidad de poder sacar provecho de, quizás, la última oportunidad para poder sobrellevar los 3 años y medio que quedan? A juzgar por lo ocurrido ayer me permito ser escéptico. Que Cristina no haga mención directa a lo ocurrido y se maneje con ironía es más la actitud de un niño enojado que la de un adulto con responsabilidad. Parece más simple salir a decir un par de frases hechas que descompriman: “este es triunfo de la democracia; las instituciones funcionan: no hay vencedores ni vencidos, etc.” Al fin de cuenta, efectivamente, fue una gran demostración de institucionalidad y participación cívica. En cuanto al mediano plazo parece una incógnita saber cuál será el camino de alianzas del Gobierno. Parece claro que Kirchner interpretó que la manera de defenderse de lo que venía era refugiarse en las viejas estructuras del partido justicialista y renunciar a la transversalidad de la formación de un gran frente de centroizquierda. Es en esta línea que debemos entender que al dejar de lado la transversalidad por la concertación plural se hizo un viraje del plano ideológico al de la gobernabilidad. El punto es que ahora también se está rompiendo esta concertación y con el partido justicialista solo y resquebrajado no alcanza para gobernar. El futuro es pues una incógnita, especialmente si le sumamos un contexto nuevo en esta joven democracia: Sin riesgo de golpe militar, las crisis se canalizaron generalmente en el apoyo masivo a algún dirigente opositor. En este caso, ninguno de éstos parece emerger ni estar a la altura de esa responsabilidad. En este sentido, o el gobierno saca a relucir cintura política o al no haber oposición donde canalizar el malestar, el gobierno implosionará.
En ese instante, Carrió se recibe de Cassandra, se queja de que nadie le creyó y le otorga a la decisión de Cobos el status de prueba ontológica: “Ahora créanme. Dios existe. Hemos tenido una revolución en paz. Dios obró en la historia y también en Julio Cobos”. Gerardo Morales y Sanz, pasan a considerar que Cobos no era tan traidor como ellos habían afirmado al echarlo del partido. El nuevo frente peronista que aglutina a varios pretendientes de resucitación se anota un poroto. El Senado, o, más bien, el aguantadero generoso, el órgano ansiado de emisor de fueros que soporta a Menem, a Romero, a Saadi y a Rodríguez Saá, cambia la actualidad política y el gobierno mutis por el foro. Entre tanta hojarasca permitámonos algún análisis metacoyuntural.
Tomemos en cuenta el problema de la representación: fue muy interesante en ese sentido el discurso de Piccheto. Él habló de la democracia de partidos y de la defensa vertical de la plataforma; del otro lado se afirmaba la necesidad de la libertad de conciencia. En el medio todos dicen representar al pueblo. Al fin de cuentas, no es más que el problema de las democracias representativas: ¿cómo es posible garantizar que nuestros representantes representen de manera transparente los intereses de sus representados? Lo que en principio parece resolverse en sistemas de democracia directa donde son los propios interesados los que defienden sus intereses, en los sistemas representativos es un problema. En las democracias representativas de partidos, en principio, los representantes deberían encolumnarse detrás de la plataforma. Al fin de cuentas, teóricamente, la gente no ha elegido nombres y menos en los casos de listas sábanas: elige plataformas. Asimismo, esta defensa tan vertical parece simplificar los asuntos de la política pues las plataformas no dejan de tener un espacio de ambigüedad e incluso, sobre algunos temas, no se expiden. ¿Qué votamos entonces? ¿Un conjunto de ideas plasmadas de manera más o menos precisa en una plataforma o más bien, como muchos pensadores clásicos suponían, votamos la capacidad de los representantes? La respuesta es difícil pero cuando se apela a la idea de libertad de conciencia extremamos el costado aristocrático de todo sistema representativo: suponemos que hay un conjunto de hombres que son más capaces que el resto del pueblo y además creemos, paternalistamente hablando, que ellos sabrán mejor que el propio pueblo lo que el pueblo quiere. Por eso podemos darnos el lujo de descansar en su libertad de conciencia. La conciencia del representante capaz, no se transforma necesariamente en lo que el pueblo quiere. Más bien será lo que es mejor para el pueblo, aun si no es esto lo que el pueblo quiere.
Vayamos a la cuestión de la particular manera de entender la democracia. Esta es otra discusión interesante que tampoco resolveré aquí. Pero digamos que interesada y peligrosamente se ha puesto un especial hincapié en el contenido de la decisión democrática y no en el proceso democrático. En otras palabras, se instaló la idea de que habría democracia si y sólo si, la decisión del poder legislativo era a favor de la derogación de la 125. El proceso, esto es, lo esencialmente democrático no importaba. La democracia argentina se transformó de repente en una democracia de resultados. A esto abonó una irresponsable oposición que en ningún momento exigió a los representantes de la mesa de enlace que se acepte el resultado sea cual fuere. Fue patético observar cómo varios representantes de lo oposición, suponiendo que iban a perder, llamaban al campo a seguir la vía judicial. La gran paradoja es que estos representantes que rezongan ante la ubicuidad del poder ejecutivo, desprestigian su propia labor legislativa afirmando que la decisión de este poder es legítima sólo si se da en un sentido.
Pero dejemos las abstracciones y volvamos a la coyuntura. Mi sensación es que la forma en que el gobierno perdió fue la mejor posible. De más está decir que el gobierno no buscó perder pero entre todas las posibilidades de derrota, ésta es aquella de la que se puede sacar provecho. Incluso hasta podría decirse que tal vez, la debilidad que manifiesta la derrota es preferible al desgaste que hubiera generado el triunfo. ¿Usted se imagina que estaría pasando si Cobos hubiera votado a favor del Gobierno? El gran problema es el propio Gobierno. ¿Tendrá la capacidad de poder sacar provecho de, quizás, la última oportunidad para poder sobrellevar los 3 años y medio que quedan? A juzgar por lo ocurrido ayer me permito ser escéptico. Que Cristina no haga mención directa a lo ocurrido y se maneje con ironía es más la actitud de un niño enojado que la de un adulto con responsabilidad. Parece más simple salir a decir un par de frases hechas que descompriman: “este es triunfo de la democracia; las instituciones funcionan: no hay vencedores ni vencidos, etc.” Al fin de cuenta, efectivamente, fue una gran demostración de institucionalidad y participación cívica. En cuanto al mediano plazo parece una incógnita saber cuál será el camino de alianzas del Gobierno. Parece claro que Kirchner interpretó que la manera de defenderse de lo que venía era refugiarse en las viejas estructuras del partido justicialista y renunciar a la transversalidad de la formación de un gran frente de centroizquierda. Es en esta línea que debemos entender que al dejar de lado la transversalidad por la concertación plural se hizo un viraje del plano ideológico al de la gobernabilidad. El punto es que ahora también se está rompiendo esta concertación y con el partido justicialista solo y resquebrajado no alcanza para gobernar. El futuro es pues una incógnita, especialmente si le sumamos un contexto nuevo en esta joven democracia: Sin riesgo de golpe militar, las crisis se canalizaron generalmente en el apoyo masivo a algún dirigente opositor. En este caso, ninguno de éstos parece emerger ni estar a la altura de esa responsabilidad. En este sentido, o el gobierno saca a relucir cintura política o al no haber oposición donde canalizar el malestar, el gobierno implosionará.